viernes, 15 de diciembre de 2017

Jornada especial al riu Besòs

Com molts altres diumenges la Sílvia i jo vam anar el passat dia 10 a fer una llarga passejada amb la meva gossa Nina al Parc Fluvial del Besòs.

Tot i que habitualment hi detectem espècies d'ocells força interessants, aquest dia va ser excepcional.

Bernat pescaire, o com li diem nosaltres, "el senyor Bernat".




Un altre ocell espectacular: el corb marí.


En un recorregut d'uns 8 km per la vora nord del riu (4 d'anada i 4 de tornada), entre el pont situat a l'avinguda Pi i Margall de Sant Adrià del Besòs i els primers metres de vegetació aquàtica situats just passat Can Zam, a Sant Coloma de Gramanet (més enllà de l'herba), van aparèixer un total de 46 espècies diferents d'ocells, amb algunes sorpreses tan agradables com la griva cerdana o la cotxa blava. Altres ocells remarcables van ser el repicatalons, la xivita o el becadell comú. El número d'espècies es força elevat per una zona tan humanitzada i per les dates que som.

Gavina vulgar i reflexes.




L'estrella del dia, junt amb la cotxa blava i el repicatalons: la griva cerdana.



Aquests són els totals:

Ànec mut (Cairina moschata f. domèstica): 1
Xarxet comú (Anas crecca): 2 mascles
Ànec coll-verd (Anas platyrhynchos): 62 (39 mascles i 23 femelles)
Corb marí gros (Phalacrocorax carbo): mínim 6
Martinet blanc (Egretta garzetta): mínim 1
Bernat pescaire (Ardea cinerea): 3
Aligot comú (Buteo buteo): 2
Xoriguer comú (Falco tinnunculus): 1
Polla d'aigua (Gallinula chloropus)
Becadell comú (Gallinago gallinago): 1
Xivita (Tringa ochropus): 1
Xivitona (Actitis hypoleucos): 6
Gavina vulgar (Chroicocephalus ridibundus)
Gavià argentat (Larus michahellis)
Colom domèstic (Columba livia)
Tudó (Columba palumbus)
Tórtora turca (Streptopelia decaocto): 1
Cotorreta de pit gris (Myiopsitta monachus)
Blauet (Alcedo atthis): 4
Roquerol (Ptyonoprogne rupestris)
Titella (Anthus pratensis)
Cuereta torrentera (Motacilla cinerea): 11
Cuereta blanca (Motacilla alba): mínim 50
Pit-roig (Erithacus rubecula): mínim 10
Cotxa blava (Luscinia svecica): 1
Cotxa fumada (Phoenicurus ochruros): mínim 6
Merla (Turdus merula): 2
Griva cerdana (Turdus pilaris): 1
Rossinyol bord (Cettia cetti): 9
Trist (Cisticola juncidis): 2
Tallarol de cap negre (Sylvia melanocephala): 3
Mosquiter comú (Phylloscopus collybita): mínim 22
Mallerenga petita (Periparus ater): 1
Mallerenga blava (Cyanistes caeruleus): 1
Mallerenga grossa (Parus major): 1
Garsa (Pica pica)
Gralla (Corvus monedula): 2
Estornell vulgar (Sturnus vulgaris)
Pardal comú (Passer domesticus): mínim 6
Pardal xarrec (Passer montanus): mínim 17
Bec de corall (Estrilda astrild): mínim 13
Pinsà comú (Fringilla coelebs): 3
Gafarró (Serinus serinus)
Verdum (Carduelis chloris): 1
Cadernera (Carduelis carduelis): mínim 12
Repicatalons (Emberiza schoeniclus): 1

Algunes espècies (com per exemple l'ànec coll-verd) es van comptar només en el recorregut d'anada, per evitar repeticions.

Mascles de xarxet comú, amb porqueria darrera d'ells.


Titella.


Aligot comú.


Aquest llistat dona una idea de la recuperació a la que s'ha sotmès en part aquest tram final del riu els últims anys. I dic en part perquè tot i que la qualitat de l'aigua és prou bona, es troben a faltar hàbitats més adequats per a la fauna, com bosc de ribera o vegetació de zones humides. No hi ha pràcticament canyissars (no confondre el canyís amb les canyes) ni aiguamolls. La recuperació del riu, el Parc Fluvial del Besòs, és bassa en l'aprofitament humà: kilòmetres d'herba per l'esbarjo de les persones. La gent juga al futbol, passeja els gossos (com nosaltres mateixos), es fan pícnics, s'hi pot anar en bici pels carrils indicats, etc. És aquest potser el preu a pagar. La presència de centenars i centenars de persones indica de manera inequívoca el seu interès pel Besòs, i sense aquest les administracions potser no haurien millorat el riu.

Tortugues de Florida, espècie invasora.


A mi m'agradaria que fos una gran reserva natural amb habitats més idonis pels ocells, però en una zona tan humanitzada com aquesta crec que puc estar prou content del que s'ha aconseguit. En el món actual si no hi ha un profit immediat pels éssers humans sembla que hi ha poc a fer a favor de la fauna salvatge.

Una de les joies del Besòs, el blauet.


Fotos dolentes de repicatalons...




...i de cotxa blava.


domingo, 26 de noviembre de 2017

Brasil 2017, segunda parte: São Miguel das Missões

Yo aún seguía excitado por la visión del sabiá laranjeira cuando bajé a desayunar a la planta baja del hotel Ibis de Porto Alegre, donde nos alojábamos. Allí ya me esperaban Sílvia, Pili, Óscar y Henrique.

El buffet que nos ofrecía el hotel era toda una declaración de intenciones de los desayunos de aquellas latitudes: básicamente muchas frutas (¡qué papaya hay en Brasil!) y zumos. Henrique era brasileño pero hablaba un español muy correcto. Le pregunté por un curioso zumo de color verde. Me sugirió que lo probara. Dijo que era natural y bastante nutritivo.

- La gente lo toma aquí como bebida para tener energía -apuntó con su acento portugués.

Recordé el rodizio de carnes de la noche anterior, en el restaurante gaucho. Al entrar en él (una enorme nave de madera con un gigantesco comedor) no sabía lo que me esperaba. Nos sentamos a una mesa, de madera también, y un amable joven apareció y clavó en ella y frente a mi cara una enorme espada que llevaba ensartados varios pedazos de carne. Miré bizco las suculentas viandas.

- Has de escoger un trozo y pincharlo con el tenedor; te lo cortarán con un cuchillo y te lo llevas al plato -me había dicho Óscar.

Tras muchas espadas repletas de todo tipo de manjares que habrían convertido en un infierno la vida de cualquier vegetariano mi barriga se negó a admitir nada más. O casi nada más. Siempre había un pequeño espacio para un último pedazo. E incluso un penúltimo.

Mi mente regresó a la mañana del día 12 de agosto. Miré a través de la gran cristalera que daba a la calle. Me había sacado de mi ensimismamiento un grupo de aves que se habían posado en un cable frente al hotel. Quizá hubiera algún tipo de zenaida, pero aún había poca luz y yo había dejado los prismáticos en la habitación (estuve a punto de cogerlos pero no quería hacerme pesado de buenas a primeras); algunas parecían palomas bravías domésticas. Intenté mirarlas mejor y descubrí que no me engañaba: en Porto Alegre había nuestra vulgar y común paloma de ciudad omnipresente en Barcelona.

Era hora de ponerse en movimiento.

Recogimos el equipaje y subimos al coche. Emprendíamos por fin la marcha en dirección oeste. El primer objetivo era São Miguel das Missões, un municipio situado a unos 500 km de distancia y que contenía unas ruinas famosas.

Estuve más atento de las aves que veía por la ventanilla que de la ruta que seguíamos. Así fue como llegó el tercer bimbo. En las mismas afueras de Porto Alegre la autopista iba flanqueada por campos y las marismas del río Yacuí. Multitud de aves se daban cita en las aguas, en los herbazales, en los cables y en las vallas, pero la velocidad del vehículo no me permitía distinguir las cosas pequeñas. Ya habría tiempo para ellas.

Sílvia me avisó de la presencia de una enorme garza posada a nuestra derecha. Pasamos rápido junto a ella, pero la garza mora (Ardea cocoi en latín y garça moura en portugués) es inconfundible. Recuerda mucho a nuestro bernat pescaire de Catalunya aunque con un dibujo facial algo diferente.

Junto a nosotros desfilaron también varios paseriformes y alguna que otra garceta blanca que no supe hasta más adelante que se trataba de Egretta thula, ya que no sé por qué errónea razón pensé que había dos garcetas blancas en Brasil, y que era imposible distinguir los detalles desde el coche.

La autopista se convirtió en carretera. Algo más adelante hicimos una parada para repostar combustible. Junto a la gasolinera vi a un pequeño pájaro negro descansando en unos barrotes de hierro. Saqué los prismáticos y la cámara. No lo identifiqué pero en cambio sí pude contemplar a placer a un clásico de América: el zopilote negro (Coragyps atratus en latín, urubu preto en portugués) y también golondrinas barranqueras (Pygochelidon cyanoleuca en latín, andorinha pequena en portugués). También comprobé que había gorriones comunes, nuestros gorriones europeos.

Golondrina barranquera, andorinha pequena, Pygochelidon cyanoleuca.



Proseguimos nuestro camino. La carretera ascendió hasta unos altiplanos y siempre en marcha y a través de las ventanillas vi algunos ejemplares de caracara chimachima (Milvago chimachima, en portugués carrapateiro).

Hicimos una nueva parada, en esta ocasión para comer y descansar un poco. Antes de entrar con mis cuatro compañeros decidí, para variar, retrasarme y hacerles esperar unos segundos (bueno, tampoco me esperaron, entraron en el restaurante sin mí). El motivo: bimbar el canário da terra, nada más ni nada menos que el ¡saffron finch! El nombre en inglés (cuya traducción sería algo así como "pinzón de azafrán") me encanta. Su nombre en español es chirigüe azafranado.

Chirigüe azafranado, canário da terra verdadeiro, Sicalis flaveola.



Tras otro buffet libre, comunes en toda la geografía del estado, reemprendimos la marcha. Las observaciones de aves empezaban a sucederse una tras otra, pero la mayoría eran visiones fugaces desde el interior del coche. Así llegaron también el cuclillo canela (Coccyzus melacoryphus), el cardenal (Paroaria coronata) y el pirincho (Guira guira). Un Caracara sobrevoló la carretera frente a nosotros, a baja altura. Bimbo.

Cómo describir el momento en que vi ñandús... ¿alegría? ¿desesperación? Pasamos con el coche raudos a su lado y grité "¡ñandús!", pero aunque todos asintieron e incluso se levantaron de sus asientos, el vehículo no se detuvo ni redujo la velocidad. La necesidad de llegar puntuales a nuestro destino marcaba las preferencias a la hora de detenerse: comer, descansar... pero ver ñandús no era prioritario.

Ajá... así que a esto se referían cuando decían que no era un viaje ornitológico. Así que eso era lo que se sentía cuando eras el único ornitólogo en un grupo de cinco personas...

El ave de mayor tamaño que he visto en mi vida, en la que iba a ser su primera y única aparición durante nuestra odisea por el sur de Brasil (y seguramente la única observación de esta especie que haré en toda mi vida) tuvo que conformarse con ser inmortalizada con una foto tomada a través de las ventanillas del vehículo. Bimbo agridulce, ave maravillosa, tesoro de América.

Ñandú, ema, Rhea americana.



No puedo reprocharles nada a Óscar y Henrique por no parar. Se turnaron al volante durante los 4000 km que recorrimos en aquellos quince días, cambiaron sus vacaciones de verano por unas de invierno para poder estar con nosotros, nos habían preparado una ruta de ensueño, se habían ocupado de gestiones burocráticas y de reservar hoteles... No puedo más que estarles agradecido, ya solo por el hecho de que ellos, su familia y amigos y tanta gente maravillosa nos acogieran con toda la hospitalidad posible allí donde fuéramos.

Poco antes de llegar a São Miguel das Missões vi junto a la carretera, paradas en una rama en la penumbra, dos jacuguaçu, las pavas oscuras (Penelope obscura), y también varios rálidos que no pude identificar porque se escondían rápidamente a nuestro paso.

Frustrado, vi que nos deteníamos: por fin llegábamos. Y fue pisar tierra firme y pasear con prismáticos y se me pasaron todos los males. Hice por primera vez amistad con los horneros, ave bastante desconocida para mí hasta ese momento. ¿Qué era aquello? ¡Qué pajarillo, como correteaba frente a nosotros! Apenas se asustaba. Se limitaba a separarse unos pocos metros de nuestro andar. Parecía tener la cola rojiza.

Hornero común, joão de barro, Furnarius rufus.



São Miguel das Missões acoge las ruinas de la misión de San Miguel Arcángel, que datan de la primera mitad del siglo XVIII. Allí se rodó parte de la película La Misión en los años ochenta. Hoy día esas ruinas tienen ya casi 300 años y forman  parte del Patrimonio de la Humanidad declarado por la Unesco.

Cerca de la entrada un grupo de indios guaraníes ofrecían sus productos, recuerdos que vendían para subsistir. Pero ensimismado como estaba con los pájaros no me enteré de ello hasta que ya estuvimos de vuelta en el coche.

São Miguel das Missões.



Iré por orden. Tras aparcar vi algunos tipos de palomas, pero debía seguir a mi grupo de "no-ornitólogos", que ya se alejaba algunos metros, y me limité a tomar algunas fotos para identificarlas más tarde. Al momento comprendí que éste iba a ser el modus operandi: fotografiar para identificar en otro momento.

Sin embargo por razones prácticas voy a nombrar las especies en el momento de su aparición (y no cuando las identifiqué horas más tarde, sentado a una mesa con las guías de aves delante). No tendría ningún sentido hacerlo de otra manera.

Así puedo decir que las palomas eran zenaidas torcazas, muy comunes, como pude comprobar con el paso de los días. Frente a nosotros correteaba el ya mencionado hornero, y en las ruinas había posados algunos zopilotes negros. Otra ave común pero no por ello menos maravillosa era el bem-te-vi. Uno de ellos gritaba en un tejadillo cercano, y el parón de unos segundos que necesité para fotografiarlo me retrasó aún unos metros más respecto al grupo. Vi también alguna avefría tero (o como la llaman en Brasil, quero quero), zorzales chalchaleros y cotorras grises argentinas.

Zenaida torcaza, pomba de bando, Zenaida auriculata.


Bienteveo común, bem-te-vi, Pitangus sulphuratus.


Avefría tero, quero quero, Vanellus chilensis.


Zorzal chalchalero, sabiá poca, Turdus amaurochalinus.


Les alcancé y penetramos en las ruinas, entre las cuales paseaban apenas un par de visitantes. La verdad es que el sitio era sobrecogedor. Los siglos reposados en aquellas rocas teñían de silencio el ambiente. Pero ante tanto misticismo... yo seguía a lo mío.

Ruinas de San Miguel Arcangel, São Miguel Arcanjo.


Tras fotografiar al Bem-te-vi descubro que Henrique, Óscar, Pili y Sílvia se hayan lejos de mí.


Henrique, Óscar y Pili.


Sílvia.


¡Hostia! ¡Un ornitólogo! Ah, soy yo. La foto es de Sílvia. En la imagen estoy intentando retratar a los zopiletos negros.


Óscar y Henrique pasean entre las ruinas. Yo a lo mío, sigo intentado conseguir una buena imagen de los zopilotes.


¡Por fin! Zopilote negro, urubu preto, Coragyps atratus.


Otra pomba do bando, Zenaida auriculata.



Un pico captó mi atención. Lo fotografié y detecté un segundo ejemplar unos pocos metros más allá. Resultaron ser dos especies distintas. Me di cuenta entonces de que los bimbos estaban empezando a caer y de que podía disfrutarlos aunque fuera unos segundos. Respiré. Estaba en Brasil, con prismáticos y con aves increíbles frente a mí. Mi vida era maravillos y nada podía salir mal.

- Ten cuidado si pisas entre las raíces que en Brasil hay serpientes peligrosas -me advirtió Óscar.
- Vaya por Dios...

Los picos eran bastante confiados pero el día nublado me impedía conseguir buenas imágenes. Tras perseverar un poco conseguí algo decente.

Carpintero manchado, picapauzinho verde carijó, Veniliornis spilogaster.



Carpintero real norteño, pica pau do campo, Colaptes melanochloros.


Historia y naturaleza se fusionaban de una manera muy bella. Fotos de Sílvia.






Picabuey, suiriri cavaleiro, Machetornis rixosa, ya fuera de las ruinas.



Regresamos al vehículo sin que nos picara ninguna serpiente y nos pusimos en camino hacia Crissiumal, donde íbamos a pernoctar. Aún estábamos algo lejos y tardamos bastante en llegar. Cuando lo hicimos una impresionante tormenta nos dio la bienvenida. Rayos y truenos cubrían el mundo, y vi que allí cuando llovía lo hacía con ganas. Pero aquello no desanimaba a los afables brasileños: ¡era la hora de la cena y tocaba rodizio de pizzas!

En la pizzería del pueblo los camareros traían viaje tras viaje porciones y porciones de las pizzas más variadas e inimaginables, desde las saladas hasta las más dulces.

Con el estómago bien lleno y bajo la oscuridad de la noche Óscar y Henrique nos hicieron un curioso tour nocturno con el coche por Crissiumal.

- Éste es el centro médico, ésta es la escuela, éste es el ayuntamiento, ésta es la funeraria de Talbani,  ésta...

Henrique no cesaba de enumerar lo que parecían todas y cada una de las casitas del pueblo, junto a las cuales pasaba raudo nuestro vehículo.

Por fin llegamos a su casa. Me tocó dormir en el sofá, que era comodísimo. Ya tumbado y a oscuras maquiné mi plan para la mañana siguiente.

domingo, 12 de noviembre de 2017

Brasil 2017: el viaje ornitológico que no era ornitológico.

Enero de 2017. Sílvia y yo nos habíamos reunido con Pili en su casa. Estábamos a punto de pagar los billetes para volar a Brasil. Tras mucho mirar y remirar la pantalla del ordenador llegamos a la conclusión de que todo parecía estar en orden.

- Y... ¡aceptar! -dijo Pili mientras pulsaba el ratón.

Sílvia y ella se pusieron a bailar en la medida que les permitía el pequeño tamaño de la habitación.

- ¡Nos vamos a Brasil! ¡!Nos vamos a Brasil! -cantaban.

Le llegó un correo electrónico a Pili. Seguramente era la confirmación de la reserva del vuelo.

- ¡Cómo que el pago de mi tarjeta no ha sido aceptado! ¿Por qué? -exclamó incrédula e indignada.

Aunque aún tardamos unos días en solucionar el tema, al final todo quedó en un pequeño susto: efectivamente, íbamos a ir a Brasil.

Un vuelo largo...


Habíamos comprado los billetes con antelación porque nos salía más barato. Ahora comenzaba una pequeña planificación del viaje, que incluía vacunas y algunos papeleos. Íbamos a visitar a Óscar y Henrique. Residían en Crissiumal, un hermoso pueblo cercano a la frontera con Uruguay. Las fechas escogidas fueron las de la segunda quincena de agosto, coincidiendo con el invierno en el hemisferio sur.

- Recuerda que no es un viaje ornitológico -me avisó Sílvia de camino a casa.
- Ya lo sé, ya. Pero, bueno, algo veremos. Me llevaré los prismáticos y la cámara de fotos pero dejaré el telescopio.
- ...

Un par de meses antes de partir fuimos a vacunarnos contra la fiebre amarilla, el tifus, la hepatitis y el tétanos, todo por recomendación del médico. En mi caso no tuve problemas. Me atendió un muchacho muy amable. Sílvia y Pili tuvieron menos suerte.

- ¿A Brasil? ¡Eso es muy peligroso! -gritaba el doctor.
- Bueno, nosotras vamos al sur, allí todo es muy diferente -contraatacó Pili.
- Les recomiendo que tengan mucha precaución. Podrían morir por la cosa más tonta. ¡Ni se les ocurra meterse en el agua!
- No nos bañaremos en ríos, vamos a casa de amigos y familiares.
- No duerman al raso -continuó el doctor, ignorando el comentario de Pili-, los insectos son muy peligrosos. ¡Y beban solo agua embotellada¡ ¡Podrían sufrir diarreas espantosas!
- Como le decía, vamos a casa de amigos y familiares y allí no hay peligro de...
- Deberán dormir con mosquitera. Y el tráfico... Ufff, tengan mucho cuidado con el tráfico. La primera causa de mortalidad entre los turistas son los accidentes automovilísticos.

Milagrosamente todos sobrevivimos al viaje y hoy en día puedo escribir esta crónica.

Vacunados, bien equipados y burocráticamente legalizados pudimos por fin emprender el vuelo el día señalado.

- Ya sabes que no es un viaje ornitológico, vamos a visitar a Óscar y Henrique -me recordaba de vez en cuando Sílvia.
- Ya lo sé, ya lo sé. Pero bueno, por si acaso me he comprado un par de guías de aves de Brasil.
- ...





Visitar Brasil...

Era para mí un sueño. Esto implicaba muchas cosas. Bueno, tres al menos:

1 - Por primera vez en mi vida iba a cruzar el ecuador terrestre. Cuando esto ocurre es tradición entre los marinos realizar una pequeña ceremonia. Yo lo crucé en avión y no hubo ningún tipo de celebración. Sin embargo mentalmente me reservé la posibilidad de realizarla yo mismo en el futuro. Ya se me ocurriría algo.
2 - Por primera vez en mi vida cruzaría un océano.
3 - Por primera vez en mi vida iba a poner pie en un continente distinto al mío (las Canarias no cuentan, pues aunque geográficamente estén en África, son islas, no el continente).

Esas tres cosas ocurrieron el 11 de agosto de este año 2017.

Partimos la madrugada de ese día hacia el aeropuerto. Los tres íbamos a vivir las más exóticas aventuras durante quince días junto a Óscar y Henrique, quienes nos habían preparado un inmenso tour de 4000 kilómetros por parte de los tres estados más sureños del país. Todos teníamos unas ganas enormes de iniciar el viaje, Pili y Sílvia con sus ansias familiares y turísticas, y yo con mi oscuro y malvado plan de... ver pájaros.

El itinerario se iniciaría y finalizaría en Porto Alegre.


Pili conducía. Partió de Santa Coloma de Gramanet y nos recogió a Sílvia y a mí en Badalona. Los tres recorrimos la ronda litoral de Barcelona. Aún era de noche. Pasamos junto al McDonalds dormido, con luces apagadas y con su logo verde casi invisible en la oscuridad.

Ni la huelga de los empleados de seguridad en el aeropuerto (que nos obligó a hacer una larga cola), ni la bochornosa actuación de unos pasajeros, que habían leído mal su ubicación en el avión y querían echar de manera equivocada a unos turistas que se habían sentado correctamente, ni tampoco la larga espera de un último pasajero despistado evitaron nuestra marcha. Alzamos el vuelo.

Hicimos escala en Lisboa sin tiempo para visitar la ciudad. Cambiamos de avión y nos dispusimos a sobrevolar el océano. El sol ya había salido ¡Podría contemplar el paisaje a través de los cristales! No, no pude. Tras un interesante almuerzo apagaron las luces y como por arte de magia, como por un extraño conjuro, se cerraron todas las ventanillas. Tocaba una larga siesta a la que todo el mundo pareció apuntarse sin miramientos. Yo intenté hacer lo mismo. El sueño solo se vio importunado por el intenso frío que pasamos durante todo el vuelo. Seguíamos con los trucos de magia: aparecieron de la nada mantas, chaquetas, gorros, impermeables... algunos afortunados se pusieron guantes.

Pili parecía el muñeco de michelín bajo capas y capas de ropa que no la calentaban en absoluto. Tras la segunda comida del día, temblando en nuestros asientos, vimos en el mapa de las pantallas que llegábamos a América. Algunas ventanillas se descubrieron tímidamente.

Yo contemplaba aquel mapa. ¿Uberaba? ¿Curitiba? ¿Florianópolis? ¿Pero qué extraño lugar estábamos a punto de visitar? Al final Porto Alegre apareció bajo nuestros pies y tomamos tierra. Y recuerdo muy bien el aterrizaje porque ocurrió algo: hice un bimbo. Mientras nuestro avión rodaba por la pista miré por la ventanilla y un ave de mediano tamaño alzó el vuelo entre los campos aledaños. Unas alas con grandes manchas blancas batían para alejarse del avión. Era un quero quero, la Vanellus chilensis, la primera ave nueva que veía, aún sin detenerse el aparato, y aquel pájaro me llenó de grandes expectativas. ¿Tan fácil iba a ser bimbar? ¿Pájaros nuevos por todas partes? Prudencia amigo ornitólogo. Todo llegaría. O quizá no.

El encuentro con Óscar y Henrique en el aeropuerto fue emocionante. Nos acompañaron hasta su coche, estacionado en el aparcamiento, y juntos emprendimos el camino hacia la primera parada: el hotel en el mismo Porto Alegre. Había anochecido ya.

- Voy a coger un atajo que nos irá bien -anunció Óscar. Henrique lo miraba con poca convicción.

Creo que pocas veces he pasado tanto miedo. Atravesamos tan solo un par de calles durante aquel atajo... ¡pero qué calles! Personajes de otro mundo se deslizaban lentamente entre las sombras de aquella parte tan pobre de la ciudad. La mala iluminación y la ausencia de tráfico acrecentaban la imagen de miseria. Mentalmente rogué para que no pincháramos una rueda o sufriéramos alguna avería. Miré hacia la izquierda. En un estrecho portal abierto una luz mortecina iluminaba a un joven apoyado en una pared. Se balanceaba un poco y un largo y mugriento cabello me impedía ver su rostro. Era la cara triste de un Brasil que también existía.

Finalmente nos instalamos en el hotel. Y comencé a descubrir Rio Grande do Sul, tierra de gauchos. Nos llevaron a cenar a un restaurante en el que nos sirvieron un rodizio de carnes amenizado con un espectáculo imperdible. Las boleadoras golpearon una lata de refresco estratégicamente situada sobre la cabeza de Óscar y los bailes y taconeos resonaron en la madera.

Con el estómago lleno (muy lleno) regresamos al hotel para descansar. Lo necesitábamos. Tras once de horas de vuelo estábamos agotados.

La mañana se presentó con una agradable sorpresa para mí. Con las primeras luces vislumbré desde la ventana de nuestra habitación un pajarillo en un edificio cercano. No era una gran foto, pero era la primera que tomaba de un ave en Brasil, y el segundo bimbo que hacía en Sudamérica: el zorzal colorado, sabiá laranjeira en portugués, pero que quedó rebautizado por todos como el Rufus para el resto del viaje.

Sabiá laranjeira - zorzal colorado - Turdus rufiventris.


Tras desayunar nos pusimos en marcha. Comenzaba lo bueno.

sábado, 21 de octubre de 2017

Un conte de màgia

El 14 de novembre del 2015 vaig pujar al meu estimat Espinal per censar ocells migratoris. Però quan vaig arribar el lloc no existia. Havia desaparegut sota un mantell de màgia. Vaig caminar uns metres, però més enllà només semblava haver-hi un abisme.









El món que jo coneixia no hi era. El vaig buscar sense gaire ganes de trobar-lo mentre petits follets es vanaven de la seva invisibilitat i cantaven entre les branques. On sou? Mostreu-vos!




El bosc ja no era bosc, si no un exèrcit de terribles éssers que lluny d'espantar-me m'acolliren i donaren protecció. Dins les ombres relluïen pedres precioses.






El cel es va obrir. Allà estava el món! De sobte els corbs marins em van saludar des de dalt.




Vaig mirar cal al sol, el mag suprem, el faedor de vida, però aquell dia estava malalt; patia de xarampió.